diumenge, 23 octubre de 2011

FÓSILES

Los fósiles de dinosaurios existen en formas y tamaños muy variados. Los más evidentes son los huesos separados o los esqueletos completos que, debido a la fosilización, se preservan con los mismos detalles que tenían en vida. Existen muchos otros tipos de fósiles de dinosaurios. Entre estos se incluyen las pisadas, que ha menudo se encuentran en grandes cantidades y nos ofrecen muchos datos sobre la conducta de estos animales. Son fósiles menos frecuentes las impresiones de la piel de los dinosaurios momificados, los huevos, los nidos y las piedras estomacales, todos los cuales proporcionan informaciones especiales sobre el estilo de vida de sus propietarios.


Los huesos de los dientes de los dinosaurios

Los restos de dinosaurios que se exhiben con más frecuencia en los museos de todo el mundo son los huesos y los dientes. Son las llamadas partes duras de un animal, es decir, las porciones mineralizadas en parte, que resisten los procesos normales de descomposición que atacan y descomponen las partes blandas del cuerpo.
Los huesos y los dientes están hechos de materiales biológicos relacionados entre sí, y se componen de una mezcla de tejidos flexibles y fibrosos que les proporcionan fuerza, y de minerales duros, inorgánicos, sobre todo la apatita, un tipo de fosfato cálcico, que les otorgan dureza. El hueso consiste en un tejido de fibras largas y flexibles de colágeno, una proteína sobre la que han cristalizado astillas delgadas de apatita. Cuando está vivo, contiene células vivas, los osteocitos, que fabrican huesos nuevos y mantienen la estructura ósea existente. Dentro de la malla de tejido óseo existen canales de distintos tamaños, recorridos por los vasos sanguíneos y los nervios. Por lo tanto, el hueso no es, en absoluto, un tejido muerto a lo largo de la vida del animal, sino que crece, se mantiene y se remodela de manera análoga a cualquier otra parte del cuerpo.

Los huesos tienen las funciones evidentes de soportar las partes blandas del cuerpo y proporcionar puntos firmes de adherencia para que puedan funcionar los músculos y los ligamentos. Además, los huesos actúan como depósitos de minerales; como una fuente de fosfato, por ejemplo, que se necesita para la conversión de la energía. El nivel adecuado de fosfato en la sangre se mantiene por medio de intercambios constantes con los huesos; se puede depositar apatita en los huesos, para reducir los niveles de fosfato en la sangre, pero también se puede extraer fosfato del hueso para elevar su porcentaje sanguíneo.

Los dientes están formados por varios tipos de tejido. La mayor parte del diente está hecha de dentina, una forma de apatita y colágeno bastante blanda, que contiene túbulos estrechos. La parte superior del diente, la corona, está recubierta de una capa de esmalte. Esta es una capa inerte y cristalina de apatita, que se forma antes de que nazca el diente y no se puede remodelar. La dentina, por su parte, es un tejido vivo, como el hueso, y contiene nervios y vasos sanguíneos que penetran en la pulpa, en la raíz del diente.

Los huesos y los dientes ya están mineralizados en parte cuando están vivos, y se pueden fosilizar después de la muerte. En alguna etapa del prolongado proceso de fosilización, se suelen perder por descomposición las partes vivas de los dientes y los huesos; los vasos sanguíneos, los nervios y los osteocitos se pudren, y las fibras de colágeno se sustituyen por un mineral duro. Sin embargo, es posible que no se altere demasiado su estructura interna, y los cortes transversales de los huesos y los dientes fósiles en realidad presentan tantas particularidades como los vivos. Por lo general, las cavidades se rellenan con depósitos minerales de un tipo u otro, pero con frecuencia esto sirve para conservar hasta los detalles más microscópicos.

Los procesos de fosilización

Una secuencia bastante sencilla de prever conduce a la formación de un fósil de dinosaurio, o de cualquier otro tipo. A cada paso de este proceso se van perdiendo tanto ejemplares como información. En otras palabras, no se encontrarán fosilizados todos los dinosaurios que han existido, porque se pierden muchos especimenes en cada etapa comprendida entre los dinosaurios vivos y el descubrimiento de sus fósiles. Además, se pierde información sobre la anatomía del dinosaurio, paso a paso, desde la muerte del animal hasta que se logra descubrirlo y reconstruirlo para mostrarlo en un museo. En realidad, existen muy pocas probabilidades de que un determinado dinosaurio se fosilice y de que lo que se conserva nos enseñe todos los detalles de su anatomía. Sin embargo, se han reunido miles de fósiles de dinosaurios con el correr de los años. Esto demuestra que recorrieron la superficie de la Tierra miles de millones de dinosaurios. Incluso si sólo apareciera en forma de esqueletos fosilizados de dinosaurios el 0,001 por ciento de ellos, nos queda la esperanza de poder encontrar muchos más.
Analicemos algunos de los acontecimientos que hayan podido ocurrir tras la muerte de un dinosaurio. Tal vez su cuerpo quedó sobre la tierra seca, donde los carroñeros, otros dinosaurios, mamíferos, lagartos, arrancaron la carne de los huesos. A continuación, otros organismos más pequeños eliminarían todo vestigio de tejido blando, e incluso es posible que algunas bacterias comenzaran a destruir los huesos. En la mayoría de los casos, el esqueleto acabaría por reducirse a la nada, bajo el ataque combinado de los carroñeros, los desintegradores y los elementos.

En algunos casos, es posible que el esqueleto acabase en un estanque o en un río. Entonces pudiera ser que los carroñeros fuesen los peces y los cocodrilos, pero el desgarramiento se produciría con la misma eficiencia que sobre la superficie. No obstante, los huesos tienen más probabilidades de quedar sepultados por el barro y la arena en el fondo del estanque, o en un recodo del río, donde se realiza la sedimentación. Esto evitaría la descomposición total, e incluso mantendría algunos huesos unidos.

Un río tendería a transportar el cuerpo una cierta distancia, según su tamaño y la fuerza de la corriente. Se conocen casos, como en el Tendaguru de Tanzania, donde se encontraron enormes dinosaurios saurópodos sin la cabeza y sin patas. Parece que, al quedar desprovisto de carne, el cráneo se estuvo balanceando en el extremo de los largos huesos cervicales hasta que lo atrapó una corriente modesta, que lo separó y lo arrastró. La falta de patas se puede deber a que el animal muriera de pie, y que el peso corporal hundiera las patas de los sedimentos del fondo, donde quedaron sujetas incluso después de que la carne se hubiera descompuesto; mientras tanto, las corrientes hacían rodar el resto del esqueleto.

Los fondos de algunos lagos son anóxicos, carecen de oxígeno, y no pueden sustentar más vida que determinadas bacterias que consumen sulfuro en lugar de oxígeno. En tales casos, todo cuerpo que cae en las aguas anóxicas del fondo se puede encurtir y proteger de los carroñeros. Los esqueletos se conservan completos y con sus articulaciones, es decir, con los huesos conectados entre sí. Los animales más pequeños, como los peces que caen en estos lodos anóxicos, suelen preservarse casi a la perfección, con la piel y los órganos internos representados como si fueran sombras sobre la arcilla fina en la que el lodo termina por convertirse. Lamentablemente, esto ocurre pocas veces con los dinosaurios.

Cuando el cuerpo de un dinosaurio ha sobrevivido a los carroñeros, la descomposición y el transporte por viento o por agua, es probable que estos procesos impidan que el 99,99 por ciento de los dinosaurios sea siguiera candidato a la preservación, comienzan los procesos de enterramiento y fosilización. Si el esqueleto acaba en una zona de depósito de sedimentos, como el lecho de un río, la desembocadura de un delta, un banco de arena o un campo de dunas, es posible que se entierre enseguida, debajo de la arena o del barro. En determinadas condiciones, es probable que los sedimentos se depositen con la suficiente rapidez como para enterrar el esqueleto a varios metros de profundidad al cabo de pocos años.

A medida que se acumulan los sedimentos en la parte superior, su peso produce fuertes presiones bajo tierra, que provocan la salida del agua contenida en los espacios porosos y la cementación de los granos disueltos de arena o de barro. Los granos separados se pueden volver a cristalizar bajo presión, o también es posible que el agua con abundantes minerales en disolución deposite estos minerales, desprovistos de la solución, como su fuera un cemento. En ambos casos, los sedimentos sueltos se convierten en rocas sedimentarias, como las rocas arcillosas, las areniscas o las calizas. La presión del agua rica en minerales también afecta los huesos y los dientes sepultados, y los espacios porosos que hay en su interior tienden a llenarse de minerales como la calcita, o carbonato cálcico, o el óxido de hierro. Así es el proceso de petrificación, transformación en piedra, y ésta es la razón por la que los huesos fósiles son mucho más pesados que los otros.

Han debido perderse numerosos esqueletos de dinosaurios durante los procesos de enterramiento y fosilización, Si las aguas de los poros eran ligeramente ácidas, como en las regiones donde hay turba se podría haber disuelto la apatita de los huesos y los dientes. En otros casos ocurren perturbaciones terrestres importantes en las proximidades, es posible que las rocas se compriman o se calienten lo suficiente como para distorsionar o destruir los fósiles. Las alteraciones de la corteza terrestre, como los terremotos y las erupciones volcánicas, deben de haber destruido una cantidad innumerable de fósiles.

Las etapas finales en la cadena que va desde los dinosaurios vivos hasta el descubrimiento de sus fósiles comprenden todavía más circunstancias improbables. Es necesario que el conjunto de roca sedimentaria que contiene los fósiles suba hasta la superficie de la Tierra, para que se erosione. En otras palabras, lo que en algún momento fue una zona de depósito de sedimentos, en general bajo el agua, tiene que elevarse, a menudo en medio de las montañas, para que el viento, la lluvia y el agua que corre arranquen los granos de roca. La erosión que realiza el oleaje o las inundaciones repentinas en las tierras baldías, a veces es rápida y descubre de diez a veinte centímetros anuales, con lo cual cada año queda expuesto algo nuevo que los geólogos pueden examinar. Desde luego, es probable que la mayoría de los esqueletos de dinosaurios que la erosión deja al descubierto se desintegren antes de que un coleccionista o un científico tengan oportunidad de encontrarlos, de modo que incluso en esta etapa se produce una pérdida importante de especimenes e información.

Las pisadas de los dinosaurios

La segunda categoría más frecuente de fósiles de dinosaurios comprende las pisadas, bien aisladas o bien en una secuencia. Estas se denominan huellas fósiles porque constituyen una muestra de la actividad de los dinosaurios, para diferenciarlas de los fósiles corporales, que comprenden los huesos, los dientes y otras sustancias del cuerpo animal. La distinción entre fósiles corporales y huellas fósiles se aplica a todos los demás tipos de fósiles: las hojas preservadas, los troncos de árboles, las cochinillas y las cutículas de los insectos son fósiles corporales, mientras que los rastros de los gusanos, los agujeros de los erizos de mar y los excrementos o coprolitos son huellas fósiles.
Se conocen huellas de dinosaurios procedentes de numerosas localidades y de rocas de todas las edades, durante el Mesozoico. En muchos casos se encuentran abundantes huellas en formaciones geológicas que carecen de huesos fósiles, de modo que proporcionan una información muy útil sobre la distribución de estos animales. Además, las pisadas se pueden identificar con bastante facilidad. Cada grupo importante de dinosaurios tiene las patas delanteras y traseras de formas diferentes, y de este modo sus pisadas tenían una forma característica.
Por lo general, no se puede reconocer a ciencia cierta cuál es la especie exacta que ha producido una determinada pisada, pero suele ser posible identificar la familia o el género. Otro valor de las pisadas de los dinosaurios, probablemente el más importante, es que proporcionan una información única sobre varios aspectos biológicos de la criatura y sobre su comportamiento.
Los coprolitos son el otro tipo importante de huellas fósiles de los dinosaurios. Asimismo, ofrecen información sobre su distribución; a falta de esqueletos, nos pueden decir que un lugar determinado hubo dinosaurios. También nos informan sobre su alimentación, ya que se los puede analizar para revelar su contenido: hojas, tallos y semillas para los herbívoros, o huesos y dientes rotos en el caso de los carnívoros. A menudo se puede identificar la especie por los restos vegetales o animales que están presentes en los coprolitos, lo cual permite un análisis preciso de la dieta reciente del dinosaurio.
 

La piel, los huevos y los nidos

En el registro fósil se conservan muy pocas partes blandas de los dinosaurios. No obstante, algunos fósiles nos proporcionan indicios importantes sobre una variedad de estructuras blandas. Los más frecuentes son los que se adhieren directamente a los huesos, por ejemplo los cartílagos, los tendones y los músculos. El cartílago es un material flexible que se relaciona estrechamente con el hueso, sobre todo en los animales jóvenes, como precursor o anteproyecto de los futuros en pleno desarrollo.
Por ejemplo, los huesos de un dinosaurio joven a veces presentan rastros de cartílago en los extremos, lo cual nos da una pista de la edad que tenía el animal al morir. Los tendones son listas flexibles y carnosas de tejido conectivo, que sujetan los músculos a los huesos. Emiten fibras que penetran en lo más profundo del tejido óseo con el fin de proporcionar una adherencia firme; el lugar donde están situados estos invasores fibrosos se puede apreciar al microscopio en un corte transversal del hueso. Los mismos músculos se pueden insertar de forma directa, en zonas amplias, cuando no se ejerce una fuerza excesiva que requiera un tendón separado. Las localizaciones de los puntos de adherencia dejan marcas y procesos o nudos característicos sobre la superficie del hueso, que permiten la reconstrucción tentativa de los músculos.

Las escamas de los reptiles, los picos y las plumas de las aves, y las uñas, las garras y el pelaje de los mamíferos están hechos de una proteína flexible, la queratina. Este es, en esencia, un tejido muerto cuando ha terminado de formarse, motivo por el cual no se siente dolor al cortarlo. Los dinosaurios poseían una apreciable cantidad de estructura queratinosas. Ciertos herbívoros, sobre todo los de pico de pato, disponían de un pico córneo, queratinoso, que encajaba sobre los huesos del morro como el pico de un ave o una tortuga. La queratina sólo se fosiliza en contadas ocasiones, pero en algunos ejemplares en excelente estado de conservación se puede observar con toda claridad una impresión en la que aparece la forma de la cubierta de una garra o un pico córneos.

Los moldes del interior de los huesos a veces ofrecen una gran cantidad de información inesperada. Por ejemplo, la caja craneana de un dinosaurio característico era una caja ósea relativamente pequeña y compleja, situada en el interior de la caja externa evidente, que es el cráneo. Imaginemos el esqueleto de la cabeza de un dinosaurio como una caja de zapatos con una caja de cerillas dentro que contenía el cerebro. La caja craneana se ajustaba estrechamente en torno al cerebro y los nervios craneanos que conectaban con los órganos de los sentidos. Un molde del interior de los huesos de la caja craneana, realizado en plástico o caucho flexible, nos puede enseñar la forma y el tamaño exactos de todas las partes del cerebro de un dinosaurio, lo que permite serias especulaciones en torno a sus sentidos y a su nivel de inteligencia.

Existen escasas impresiones de la piel de los dinosaurios, salvo en el caso de los anquilosaurios, unos herbívoros recubiertos de una coraza con ajustadas protuberancias óseas o nódulos, dentro de la piel. Los famosos hadrosaurios momificados de las rocas del Cretácico, procedentes de Canadá, presentan impresiones de la piel de unos herbívoros que no estaban acorazados. Se supone que los esqueletos se secaron al sol enseguida; los líquidos corporales se eliminaron en cuestión de horas o de días; y todo el esqueleto correoso quedó sepultado antes de sufrir el ataque de los carroñeros. Este proceso de fosilización ocurre en la actualidad con los cuerpos de los vacunos y de los camellos en las regiones secas de África y Asia. Los fósiles que se forman de esta manera presentan impresiones de la piel y de partes de la carne.

Los huevos y los nidos de dinosaurios se han encontrado en distintas formaciones geológicas, pero son más frecuentes en los depósitos del Cretácico superior, situados en el sur de Francia, India y la región del centro de Estados Unidos. Se desconoce el motivo de su escasez durante el Triásico y el Jurásico. En casi todos los aspectos, la estructura del cascarón de los dinosaurios es muy similar a la de las aves. Los huevos de dinosaurio son de forma variada, que va desde la esférica hasta la delgada, casi como un cigarro; los ejemplares más grandes llegan a medir treinta centímetros. Se han encontrado huesos aislados y también en distribuciones específicas que sugieren que la construcción del nido y la puesta de los huesos estaba muy controlada por los padres. A veces los huevos contienen embriones, y entonces nos dan más información sobre la reproducción de los dinosaurios y la conducta de los padres.

Las piedras estomacales y el contenido del intestino
Los fósiles de dinosaurios más raros son el contenido de sus intestinos y las piedras de sus estómagos. El contenido del intestino, como los coprolitos, proporciona información inequívoca sobre su alimentación. Por ejemplo, se ha hallado un diminuto dinosaurio de fines del Jurásico, el Compsognathus, con el esqueleto completo y enroscado de un lagarto en su caja torácica. Se identifica al lagarto como un Bavarisaurus, y debemos suponer que la criatura acababa de ser tragada cuando el pequeño dinosaurio encontró la muerte.
A menudo se encuentran desechos vegetales dispersos en torno al esqueleto de los dinosaurios herbívoros. Estos restos podrían representar el contenido del intestino, pero por lo general no se puede comprobar, porque el material suele ser similar a otros restos vegetales que se conservan en los sedimentos circundantes.

También se encuentran piedras estomacales y pulidas en relación con la caja torácica de los dinosaurios herbívoros. Se piensa que los dinosaurios utilizaban estas piedras, llamadas gastrolitos o piedras estomacales, de la misma forma que las aves utilizan los granos de arena, para moler los alimentos en una porción del intestino similar a la molleja. Los pollos recogen granos de arena con el pico, y los almacenan en la molleja, un saco muscular situado entre la boca y el estómago, donde se muelen los granos y las demás sustancias duras antes de la digestión. La molleja de las aves equivale a nuestras muelas. Los dinosaurios tenían dientes, pero no podían masticar porque sus mandíbulas sólo se abrían y se cerraban como goznes, y no podían realizar movimientos laterales de molienda. De modo que es posible que tuvieran molleja y gastrolitos, aunque resulta difícil demostrar que todos los guijarros pulidos que se encuentran cerca de los esqueletos de los dinosaurios sean verdaderas piedras estomacales, y no se trate de meras asociaciones casuales.

La búsqueda de dinosaurios

A partir del año 1.830, aproximadamente, se han buscado fósiles de dinosaurios de forma sistemática, y las técnicas básicas no han cambiado demasiado. El principio consiste en extraer los esqueletos de la mejor manera y con el menor daño posible. Como la mayor parte del país de los dinosaurios está tan alejado en la actualidad, y debido al enorme tamaño de muchos ejemplares, el aspecto logístico del personal, el mantenimiento y el transporte resultan tan importantes como los aspectos científicos, como la interpretación del lugar del hallazgo y de las piedras, el registro exacto de los descubrimientos o la recuperación de todos los fragmentos de cada ejemplar.
Se han encontrado dinosaurios en todo los continentes, salvo en la Antártida, hasta hace poco. Sin embargo, a principios de 1.989, este espacio se completó cuando los geólogos y los paleontólogos que trabajaban para el British Antartic Survey, o Estudio Británico de la Antártida, descubrieron el esqueleto de un dinosaurio. Como ya hemos señalado, sólo se encuentran dinosaurios en rocas que datas desde el Triásico superior hasta el Cretácico superior, de 231 a 66 millones de años de antigüedad. Además, suelen ser frecuentes sólo en depósitos terrestres, es decir, rocas arcillosas y areniscas depositadas en ríos o lagos. Se conocen muy pocos especimenes procedentes de sedimentos marinos, aunque estos hallazgos dependen de la remota probabilidad de que el cuerpo fuera arrastrado por un río para llegar después al mar.

Aumenta la facilidad del descubrimiento cuando las rocas adecuadas quedan expuestas en vastas zonas y sujetas a una erosión relativamente rápida. Por tal motivo, en la actualidad algunos de los yacimientos de dinosaurios más ricos se encuentran en las regiones secas y baldías del centro de Estas Unidos, en Alberta, Montana, Utah, Colorado y Arizona; las pampas abiertas de Argentina y Brasil, en América del Sur; la sabana seca de Tanzania, Zimbabwe, Sudáfrica, Níger y Marruecos, en África; las planicies centrales de India; el desierto de Gobi, en Mongolia; las planicies del centro y norte de China; y las tierras de pastoreo del este de Australia. En el pasado, se hallaron fósiles de dinosaurios en cientos de localidades de toda Europa, pero en la actualidad se encuentran muy pocos, porque los tiempos y las costumbres han cambiado. Hasta alrededor del año 1.900, en Europa se extraían piedras para la construcción, y los picapedreros hallaron docenas de esqueletos de dinosaurios. Ahora que se extrae muy poca piedra, y cuando esto ocurre se realiza el trabajo mediante máquinas enormes, es muy raro encontrar esqueletos de dinosaurios.

La expedición

Muchas de las expediciones que se realizan para obtener dinosaurios se deben planificar de antemano, tal vez con años de anticipación, debido a la necesidad de conseguir fondos y voluntarios para realizar buena parte del trabajo. Hasta una expedición elemental requiere cantidades significativas de dinero con el fin de cubrir los costes de alimentación, comunicaciones, herramientas, transporte y salarios. El objetivo, por lo general, es conseguir fósiles que se puedan utilizar tanto para exhibirlos como para investigarlos. Los ejemplares para la investigación podían ser esqueletos completos o incluso huesos aislados si proceden de un tipo de dinosaurio poco frecuente, mientras que, para ponerlos en exposición, los ejemplares han de ser lo más completos posible, aunque se trate de animales bastante comunes y conocidos para la ciencia. Existe una creciente demanda, a nivel mundial, de ejemplares para la exposición, y se puede convencer a los museos e instituciones educativas de que proporcionen fondos para una expedición, puesto que existe una compensación garantizada, en términos del mayor número de visitantes a los museos o de los mayores beneficios educativos. Los mejores descubrimientos son los ejemplares que producen un efecto espectacular cuando se exhiben y que, además, son nuevos para la ciencia, pero son muy excepcionales. La mayoría de los dinosaurios que entusiasman al experto probablemente resulten bastante poco impresionantes para el visitante medio del museo.
En una expedición a la búsqueda de dinosaurios es fundamental la planificación. Hay que definir muy bien la zona de búsqueda, y tiene que haber información que confirme la presencia de esqueletos, y que se los puede hallar. Esta información procede de las prospecciones. Un geólogo o un paleontólogo vaga por el fondo de un barranco o una ladera, entre rocas sedimentarias de la edad adecuada, en busca de fragmentos óseos. Va siguiendo los rastros por hondonadas y barrancos hasta que encuentra la fuente, que puede ser un montículo de huesos curtidos por la intemperie e irreconocibles o un esqueleto casi completo. Entonces, el prospector intenta determinar de qué ejemplar podía tratase y de lo grande que podría ser, a partir de los trozos de hueso que estén al descubierto. A continuación está en condiciones de estimar si merece la pena dedicar cientos de horas a excavar en el lugar.

La planificación de una expedición implica también la negociación con los propietarios del terreno, para poder llegar hasta el sitio y establecer el derecho legal para excavar y retirar ejemplares. En la actualidad, suele ser necesario hacer un contrato de arrendamiento o pagar regalías por los ejemplares que se retiren. Muchos terrenos clásicos donde hay dinosaurios pertenecen al gobierno, como parques naturales, y sólo se permite excavar allí a los museos e instituciones científicas autorizadas, con el fin de impedir un exceso de excavaciones o de explotaciones comerciales.

Los directores de la expedición tienen que disponer de los vehículos adecuados, capaces de recorrer terrenos sinuosos y transportar huesos que pesan varias toneladas. Se valen de roulottes o tiendas de campaña para el personal, una provisión provista de agua, una alimentación adecuada y otras previsiones cotidianas. Estos arreglos domésticos son fundamentales, ya que muchas excavaciones de dinosaurios están situadas a cientos de kilómetros de distancia de tiendas o instalaciones sanitarias, y a veces hay que trabajar durante meses en total aislamiento.

Por último, los directores necesitan un equipo formado por martillos, picos, palas, formones, cepillos, arpillera, yeso y madera. Las expediciones modernas llevan a menudo compresores de aire para hacer funcionar los taladros neumáticos, explosivos en raras ocasiones, elementos de fundición si esperan tomar impresiones de pisadas, equipos de reconocimiento, cámaras fijas y de vídeo, aparatos de radio de onda corta, teléfonos de campaña y otros artefactos.

Una excavación bien planificada puede llevar apenas una semana o tanto como un mes, según la cantidad de roca que cubra al ejemplar y la cantidad y la extensión por la que estén distribuidos los huesos debajo de la superficie. Cuando los buscadores han calculado la disposición del esqueleto, hay que retirar la sobrecarga, o la roca que hay por encima. A veces hay que excavar o despedazar muchas toneladas de piedra dura, y los taladros neumáticos pueden resultar útiles si se lleva un compresor. El objetivo es llegar hasta un nivel situado a escasos centímetros por encima de los huesos con la mayor rapidez posible, pero la cantidad de sobrecarga se incrementa con lo escarpado de la ladera y el grado de dispersión de los huesos que haya que excavar.

Entonces se pone al descubierto, de forma controlada, la totalidad del esqueleto, eliminando cuidadosamente las piedras de la plataforma irregular, hasta los mismos huesos. En esta etapa de la operación se pueden utilizar pequeños taladros neumáticos, martillos y formones, y otras diversas herramientas. Después de encontrar los huesos, es más conveniente utilizar herramientas más delicadas, como agujas montadas con un asa y cinceles muy ligeros, ya que el más mínimo golpe equivocado puede destruir la delicada superficie ósea. Todos los huesos de un mismo esqueleto de dinosaurio se suelen encontrar al mismo nivel, lo cual facilita considerablemente el proceso de excavación. Se rastrea y se sigue cada uno de los huesos con todo cuidado, hasta que pueda completamente al descubierto. Los excavadores proceden hacia afuera en busca de otros huesos, pero por lo general se encuentran en condiciones de prever lo que esperan encontrar, y dónde, si el esqueleto está todavía articulado en parte, es decir, unido. En otras palabras, después de hallar una sola vértebra cervical o caudal tienen probabilidades de hallar otras a ambos lados, dispersas de forma regular.

La etapa siguiente es fundamental: el trazado de un mapa y el asentamiento de datos acerca del lugar donde se encuentra el esqueleto. Si los huesos están dispersos por una zona amplia, se utiliza un equipo común de levantamiento del terreno para determinar la base sobre la cual trazar el mapa. A veces se ponen hilos por toda la zona con el objeto de dividirla en metros cuadrados, y entonces se hace un para exacto de cada metro cuadrado, utilizando un metro cuadrado con una cuadrícula más fina, sobre una hoja transparente. Se toman numerosas fotografías del lugar. El mapa constituye una parte fundamental del ejercicio de la excavación, porque sirve de registro permanente del modo en que se hallaba el esqueleto en medio de la roca, que puede proporcionar información útil sobre la tafonomía: como murió el animal, de qué modo el esqueleto fue víctima de los carroñeros, transportado, destrozado y, por último, sepultado. Las fotografías y el mapa también tienen gran importancia para que los paleontólogos puedan montar los huesos, ya que resulta imposible recordar con exactitud la posición de docenas de huesos que forman el esqueleto típico de los dinosaurios.

La prepracación para el transporte

A continuación, se preparan los huesos para el transporte, que es una parte arriesgada en todo este trabajo. A pesar de su enorme tamaño, los huesos de los dinosaurios pueden ser frágiles, y hay que protegerlos de las fracturas cuando se los levanta y durante el tránsito. En primer lugar, se cavan zanjas profundas en torno al hueso. Los huesos aislados se extraen de uno en uno, pero cuando están superpuestos formando una gran masa, hay que extraerlos en grandes bloques. Se cubre el hueso con papel húmedo, para separarlo, y a continuación se empapan en yeso unas tiras de arpillera y se las dispone por encima. Se aplican varias capas de estas vendas hasta que el hueso quede cubierto de una coraza, como el molde de escayola que se aplica en el hospital a los huesos rotos.
Después de aplicar el molde sobre el fósil, se utiliza una palanca para separarlo de la roca que hay debajo y se lo da vuelta. Se separan la arenisca y el esquisto sueltos que queden debajo y se aplica un molde de yeso a la parte inferior del hueso. Ahora que está encerrado en un capullo duro, se le puede retirar de su sitio. Los huesos pequeños se transportan con la mano, pero para los bloques más grandes se necesitan trineos o carretas. Un bloque único, aunque corresponda a un dinosaurio de tamaño modesto, puede llegar a pesar cinco toneladas, y transportarlo hasta los vehículos que lo han de llevar puede resultar una tarea de ingeniería muy compleja, sobre todo si el yacimiento se encuentra en un barranco alejado e inaccesible.

El transporte de fósiles de dinosaurios

A continuación se trasladas los ejemplares escayolados a un museo o una universidad, para su estudio. El transporte a veces constituye un grave problema logístico para una expedición de este tipo, debido al enorme peso y volumen de muchos especimenes, al terreno escabroso por el que hay que transportarlos y por las distancias que en algunos casos hay que recorrer.
En los días heroicos de la búsqueda de dinosaurios en América del Norte, durante el siglo pasado, los huesos se retiraban de los yacimientos a lomo de caballo o en carretones. Después había que arrastrarlos a lo largo de muchos kilómetros de terreno baldío irregular, a menudo sin contar con las ventajas de una carretera o un camino, hasta una estación de ferrocarril, donde se los subía a un buen tres que realizaría el largo viaje hacia el este, hasta Nueva York, Washington, o algún otro centro de estudios de la época. A veces el viaje desde el yacimiento hasta el laboratorio llevaba semanas, y entre los peligros
cabe mencionar las terribles condiciones climáticas, en




 muchos casos, estos equipos de buscadores de huesos trabajaban durante todo el invierno, la hostilidad de los indios, además del desgaste del transporte y la manipulación inadecuada de los especimenes por parte de los empleados del ferrocarril, que no sabían lo que tenían entre manos. Hasta los últimos años del siglo XIX, se solían meter los huesos en cajones con paja o arpillera, y a veces sufrían un daño considerable en el transcurso del viaje. Las distintas técnicas de escayolado se desarrollaron a fines de la década de 1.870. Un método utilizaba tiras de tela empapadas en engrudo, mientras que otro se reducía a amontonar el yeso sobre la parte exterior de los huesos. La técnica moderna que hemos descrito, que consiste en empapar en yeso las tiras de arpillera y disponerlas después sobre los huesos, se convirtió en el procedimiento habitual a partir de la década de 1.880.

En esa época, además, los mismos paleontólogos a menudo tenían escasa experiencia de campo. Esperaban en el laboratorio a que les enviaran los huesos, y tenía muy poca idea del contexto donde se los habría recogido. Esto daba origen a sorprendentes confusiones cuando procuraban volver a montar los esqueletos: a veces se incorporaban fragmentos y piezas de diversos especimenes en una reconstrucción, porque no se tomaba nota de la distribución exacta de los huesos sobre la roca.

Ahora el transporte se suele hacer en furgoneta. Todavía existe el peligro del terreno escabroso en muchas localidades, y a veces los huesos se dañan, aunque siempre estén escayolados. Sin embargo, los miembros del equipo suelen acompañar los huesos, provistos de mapas detallados sobre la disposición de los fósiles antes de que se los excavara, además de fotografías. El montaje resulta ahora bastante más fácil que en el pasado.

Los dinosaurios en el laboratorio

La excavación de un esqueleto de dinosaurio a lo largo de un período de varias semanas, y su preparación cuidadosa para transportarlo, no es más que el comienzo de la tarea. Las etapas siguientes, en el laboratorio, pueden llevar años y en ellas participan diversos expertos con conocimientos específicos: los preparadores, que limpian los huesos y eliminan por completo la matriz o la roca que los rodea; los conservadores, que aplican tratamientos mecánicos y químicos a los especimenes problemáticos que, de otro modo, se desintegrarían; los paleontólogos, que estudian los huesos y procuran interpretar qué son y lo que nos dicen; los ingenieros, que preparan los complejos armazones necesarios para montar el esqueleto en una actitud natural; los artistas científicos, que dibujan los huesos para publicarlos junto con la descripción técnica; y los diseñadores y educadores, que presentan la información al público en forma de exposiciones, libros y películas.

La preparación de los huesos

Los laboratorios donde se estudian los huesos de los dinosaurios tienen que ser grandes para ser útiles. Los mejores son como almacenes inmensos, con hileras de mesas en la zona de descarga y enormes portantes de estanterías de acero de resistencia industrial. Los especimenes se descargan y se colocan en grupos relacionados, de modo que el equipo del laboratorio puede trabajar simultáneamente en un animal, o en un conjunto de huesos muy relacionados entre sí.
La primera tarea consiste en eliminar la escayola. Para hacerlo se cortan en rebanadas las capas de arpillera humedecida en yeso, pero hay que hacerlo con cierto cuidado, para reducir al mínimo el riesgo de dañar las piezas. Una sierra sinfín, montada sobre un eje de transmisión flexible resulta ideal para realizar este trabajo. Por lo general, se conserva en su sitio la parte inferior de la cubierta de yeso de los bloques grandes, porque ofrece estabilidad mientras los técnicos trabajan en los huesos desde la parte superior.

La mayor parte de la matriz de roca se ha eliminado durante el trabajo en el campo, pero esta tarea se puede efectuar con mayor precisión y esmero en el laboratorio. Si la matriz es blanda, se puede perforar y rascar por medio de cinceles y cuchillos de mano. Si es más dura, se utiliza un taladro de odontología. Éste se sujeta con la mano, como si fuera un lápiz, y permite realizar movimientos precisos; el punto de vibración se orienta, con un movimiento de barrido, en forma paralela al hueso, para evitar el riesgo de que se deslice y melle la superficie. Por lo general, esta tarea produce gran cantidad de polvo, a medida que se va rascando la piedra, y a veces se coloca una cubierta y un tubo de succión al vacío sobre el espécimen, para preservarlo de los escombros.

Este tipo de preparación mecánica ha sido la forma habitual de dejar al descubierto casi todos los fósiles de dinosaurios que hoy están expuestos en los museos. Limpiar un solo hueso puede llevar días de minucioso trabajo, pero la tarea es fascinante, casi como la escultura, a medida que la forma del hueso va apareciendo poco a poco. Por fortuna, los huesos de los dinosaurios suelen ser duros, lisos por fuera y de un color marrón intenso, por lo cual se destacan con claridad contra la roca que los rodea, por más dura que esta sea. En un 99 por ciento de los casos, el preparador no tiene problemas para distinguir el hueso de la roca ni para separarlos.

No obstante, hay casos problemáticos. Por ejemplo, el esqueleto del dinosaurio Baryonyx, descubierto en fechas recientes en el sur de Inglaterra, estaba en un nódulo de mineral de hierro. La arcilla y la arenisca que son típicas de la localidad se habían llenado en algún momento de agua con mucho hierro, que endureció la piedra convirtiéndola en una masa rígida alrededor de los huesos. Fue muy duro, en sentido literal, de eliminar, y la tarea completa de preparar este esqueleto llevó muchos miles de horas de trabajo paciente y escrupuloso.

Los huesos que se han fracturado presentan otro tipo de problemas. En algunos casos, los huesos son lo bastante duros, pero todo el depósito está atravesado por minúsculas fisuras, provocadas quizá por tensiones de la corteza terrestre en algún momento del paso. Cuando se intenta separar el hueso de la roca, se convierte en miles de astillas. En tales casos, el preparador tiene que estabilizar el hueso en su matriz, utilizando pegamentos. Estos se untan sobre la superficie, o se introducen en el interior del espécimen, al vacío. Cuando se han rellenado con pegamento las fisuras, el ejemplar se puede limpiar de la forma habitual. En otros casos de fractura los huesos suelen desmenuzarse con facilidad, tal vez como consecuencia de la compresión o desmineralización sufridas en algún momento posterior al de su sepultura. También hay que estabilizarlos por medios químicos, pero en ocasiones resulta imposible recuperar el fósil en sus tres dimensiones. Puede ser necesario dejarlo semienterrado en la roca, que actúa entonces como un soporte estabilizador. Desde luego, estos huesos no se pueden estudiar, ni admirar, desde todos los ángulos.

En la mayoría de los casos, incluso en los ejemplares que están bien preservados, sin fisuras ni compresiones, se lleva a cabo algún tipo de tratamiento químico de los huesos. Se aplica sobre la superficie externa una capa delgada de pegamento diluido o de laca, con el simple objeto de proporcionar una cubierta exterior más resistente. Como consecuencia, los huesos son capaces de soportar mejor las agresiones cotidianas, como la manipulación y el polvo. Un esqueleto de dinosaurio en una exposición tiene un aspecto oscuro y brillante, bruñido como un coche deportivo en un escaparate, y este efecto se consigue de forma muy parecida en ambos casos.

Cuando los huesos se conservan en rocas calizas, el mejor medio de preparación es el ácido. La disolución lenta del ácido destruye la matriz y deja al descubierto los huesos sin correr riesgos de producir daños mecánicos. Por lo general, se utiliza el ácido acético diluido (la base del vinagre), ya que tiene menos probabilidades de disolver la superficie ósea que el ácido clorhídrico. Esta técnica de corrosión con ácidos resulta valiosa sobre todo en los casos de huesos pequeños y delicados. El espécimen a tratar se suspende en un baño poco profundo de ácido, diluido en agua al cinco por ciento, o menos, y así lo deja durante un día o más. A continuación se lo retira, para examinarlo y lavarlo. Si los huesos son muy delicados, a veces se neutraliza la superficie de la plancha, para eliminar todos los rastros de ácido; se seca, y se pintan los huesos con una delgada capa protectora de pegamento. Se vuelve a sumergir el espécimen en otro baño de ácido diluido, y se repite todo el proceso hasta que los huesos quedan tan limpios como sea posible.

A medida que los preparadores van limpiando los huesos, estabilizándolos si es necesario, colocan los especimenes sobre una mesa de trabajo, para realizar un estudio regular. Cada hueso está registrado, y se lo compara con esbozos de campo, mapas y fotografías, para poder conocer su identidad. Algunas veces, en esta etapa, se reúnen las partes complejas del esqueleto, como el cráneo, si se han roto o perjudicado de alguna otra forma durante la fosilización. Cuando todos los elementos del montaje están disponibles, entran en acción los paleontólogos, los artistas y los fotógrafos.

La preparación de moldes

Cuando resulta que los huesos de un dinosaurio revisten un interés especial (tal vez porque se trata de una forma nueva, o de una muy bien conservada) a veces los paleontólogos deciden hacer copias. La idea consiste en hacer réplicas de los huesos que sean lo más exactas y realistas que sea posible. En primer lugar, hay que hacer moldes de los huesos originales. Hay que hacerlo con mucho cuidado, para no dañar los especimenes. En la actualidad, los moldes suelen hacerse con plásticos flexibles que se separan con facilidad del hueso, y después de la pieza fundida. Antiguamente, todo el proceso se realizaba con escayola común, pero los resultados eran más bastos.
El problema principal para realizar el molde de un hueso es, aunque parezca sorprendente, realizar la forma del molde. Un molde siempre ha de estar formado por dos o más pieza que se deben ajustar a la perfección cuando se echa el material fundido, para que no se produzcan distorsiones, pero que después se tienen que separar por completo. El diseño del molde es bastante sencillo en el caso de los típicos huesos de las extremidades o las vértebras, porque se pueden realizar en dos mitades coincidentes, con dos pequeñas protuberancias y cavidades a lo largo de la línea de unión, para mantenerlos estrechamente unidos mientras se echa el material. Cuando se trata de un espécimen sin una forma tridimensional más compleja, como un cráneo o un cinturón pelviano, se requiere un trabajo mucho más minucioso. Se pueden hacer moldes de doce o más piezas separadas, todas las cuales tienen que encajar a la perfección, y que luego se han de separar en una secuencia controlada cuando el material se haya endurecido en el interior del molde.
Las piezas fundidas de los huesos se suelen hacer con algún tipo de compuesto duro de plástico o escayola. Las réplicas de huesos grandes incluso se pueden hacer con fibra de vidrio. Presenta muchas ventajas con respecto al anticuado yeso blanco: la pieza es mucho más resistente y es capaz de soportar un tratamiento más brusco; suele ser más ligera y fácil de manipular; y se puede colorear y tratar antes de que se endurezca, para imitar el aspecto de los huesos reales. Antiguamente, los artistas tenían que pintar la superficie exterior de la pieza fundida de yeso para imitar los colores de los huesos fósiles, pero no podían reproducir la pátina, y en cualquier desconchado o golpe dejaba marcas blancas. La mayoría de los dinosaurios que se exhiben en los museos son copias de gran calidad, y las más recientes son muy difíciles de distinguir de los auténticos, a no ser que se realice un análisis detallado.
Se pueden hacer muchas piezas fundidas a partir de un solo molde. Los grandes museos de dinosaurios suelen tener en existencia las réplicas de sus mejores especimenes, para realizar montajes e intercambios múltiples. Un solo esqueleto original a veces da origen, de esta manera, a docenas de copias casi idénticas. Entonces se pueden intercambiar grupos de huesos con otros museos que necesiten un determinado ejemplar para exponerlo o estudiarlo. También se pueden hacer exposiciones con varios esqueletos pertenecientes a una sola especia de dinosaurios, dispuestos en diferentes posiciones, realizados todos a partir de copias del mismo esqueleto original.

La reconstrucción del esqueleto

Los esqueletos de dinosaurios se reconstruyen (es decir, se montan y se sujetan siguiendo el ordenamiento correcto de los huesos y en una posición natural) por dos motivos. En primer lugar, para exhibirlos; en segundo lugar, para realizar estudios científicos.
El paleontólogo que observa los huesos diseminados, durante el trabajo de campo, por lo general hace una evaluación aproximada del hallazgo, de lo completo que está y del tipo que representa.

En el laboratorio, tras meses de preparación, está en condiciones de verificar su hipótesis y de decidir acerca del futuro del espécimen.

En esta etapa, las decisiones son fundamentales. Si se lo va a exponer, la tarea de montar el esqueleto y de presentarlo suele llevar semanas de trabajo especializado, lo que implica un gasto considerable. Si se parece que el esqueleto pertenece a una especie de dinosaurio completamente desconocida, o si contiene partes de un esqueleto de un dinosaurio conocido pero que no se habían visto antes, resulta importante transmitir la información a otros científicos. Esta circunstancia también implica una gran inversión de tiempo y de dinero (en general más que si sólo se preparase el ejemplar para su exhibición). Habitualmente, un esqueleto bien conservado y bastante completo requiere del trabajo del paleontólogo durante dos o tres años, y de un año, más o menos, por parte del artista científico (que a menudo son la misma persona). Es posible que un esqueleto nuevo de dinosaurio sea objeto de estudios científicos al mismo tiempo que se lo prepara para su exhibición.

La mayoría de los huesos que pasan por un laboratorio de dinosaurios se dejan aparte para un estudio posterior. Todos tienen algún valor científico y educativo, pero resulta imposible examinarlos enseguida. Los grandes museos de dinosaurios poseen cientos o miles de especimenes almacenados y listos para analizar.

Esto podría parecer un gran desperdicio de ejemplares interesantes, pero ni siquiera las personas más aficionadas a los dinosaurios están dispuestas a mirar docenas de huesos iguales; así, sólo se exhiben los mejores. Los huesos que se almacenan se pueden considerar archivos de información, al alcance de cualquier investigador serio que intente resolver algún problema científico.

Los grandes museos de dinosaurios albergan cada mes a docenas de científicos visitantes: estos visitantes están interesados en estudiar especimenes concretos que figuran en los catálogos de las colecciones. Si un científico estudia los dientes del carnívoro gigantesco Tyrannosaurus, necesitará ver cientos de mandíbulas y dientes de este animal y de sus familiares, que pueden estar dispersos en varios museos de cada continente. Es posible que otra paleontóloga esté tratando de identificar un esqueleto nuevo y poco común que ha encontrado en Francia. Tiene que visitar colecciones situadas en todas partes del mundo con el fin de comparar los huesos nuevos con otros similares que se encuentren en algún otro lugar. Tal vez un tercer paleontólogo procure comprender la dinámica de una determinada población de dinosaurios, y a tal efecto se ve obligado a registrar todo lo que se ha hallado en una determinada formación rocosa; es posible que estos ejemplares se encuentren distribuidos en museos muy alejados entre sí.

Los esqueletos de los dinosaurios están montados por los técnicos de los museos, sobre estructuras realizadas por los ingenieros, bajo la mirada atenta de un paleontólogo que dirige la operación. El paleontólogo conoce cada uno de los huesos gracias a la experiencia obtenida en el estudio de otros esqueletos. Todo dinosaurio, por grande o pequeño que sea, tiene un fémur, unos omóplatos, vértebras caudales, y demás huesos que se pueden comparar entre sí. Con semejante experiencia, no hay muchas probabilidades de unir los huesos de forma equivocada; de poner, por ejemplo, la cabeza en el extremo de las vértebras caudales en lugar de las cervicales, aunque esto haya ocurrido alguna vez. El paleontólogo cuenta también con los mapas y fotografías de campo que le ayudan a poner en su sitio los huesos que sean cuestionables. Por lo general, sólo hay problemas cuando los huesos están estropeados, o cuando faltan algunos.

Cuando se han dispuesto los huesos en su posición anatómica correcta, el ingeniero diseña y construye una armadura, que es el marco metálico sobre el cual se montarán los huesos.

Los principios de la construcción varían, según se utilicen en el montaje los huesos originales o copias. Las piezas fundidas son mucho más ligeras y por lo tanto necesitan menos apoyo, y se pueden insertar tornillos o varillas pequeñas en las diferentes partes, con total impunidad. Además, de una copia de un esqueleto se puede realizar un "montaje invisible", formado por varillas internas.

Los armazones tradicionales para sujetar los huesos en su sitio suelen estar hechas de piezas de acero situadas debajo de cada hueso.

Estas piezas se calientan a altas temperaturas para que adopten la forma exacta, y a continuación se sujetan sobre pilares verticales.

Las piezas y los pilares se diseñan con la mayor discreción posible, de modo que en general queden ocultos por los huesos cuando se monte el esqueleto para su exposición; pero al mismo tiempo han de ser capaces de soportar el enorme peso de los huesos fósiles. Una técnica más reciente consiste en sujetar cada hueso, sobre todo las vértebras, sobre fuertes hilos transparentes suspendidos del techo de la sala de exposición. De este modo, se evita la necesidad de una armadura compleja, y se pueden levantar los huesos para realizar un estudio individual.

El estudio de los huesos

El paleontólogo estudia los huesos de a uno por vez, para establecer su estructura exacta y su relación con los demás. Si el hueso se ha estropeado o deformado, se intenta restaurar la forma original. Para ello se puede utilizar arcilla, o la imaginación para representarlo en dos dimensiones en papel. Se hacen dibujos detallados de cada hueso, visto desde ángulos diferentes. Las representaciones habituales se realizan desde arriba y abajo (dorsal y ventral), desde la parte delantera y la trasera (anterior y posterior) y desde los lados (laterales). Estos dibujos presentan algunas características del dibujo técnico, ya que tienen que ser sumamente precisos en cuanto a trazados y orientación. Cuando se trata de huesos muy grandes, se suele hacer una ilustración a escala, a un tamaño más fácil de manipular.
Algunos rasgos de los dibujos son menos técnicos y apuntan al aspecto artístico e interpretativo. Se aplican sombras para indicar una forma tridimensional del hueso, bien por medio de puntos (que están más próximos entre sí en las partes más profundas del ejemplar), o bien por medio de líneas estrechas (sombreado). Además, se presentan con toda claridad los rasgos especiales, como los orificios de los vasos sanguíneos y las cicatrices de los músculos. El ejemplar completo recibe un nombre adecuado, con el fin de identificar cada una de sus partes y características.

A menudo se hacen series de fotografías en el curso del estudio de los huesos de los dinosaurios, que se pueden utilizar como base para realizar los dibujos, ya que brindan las proporciones adecuadas. En algunos casos, las descripciones científicas se acompañan con fotografías, pero por lo general se prefieren los dibujos, porque en ellos se puede agregar una cierta dosis de interpretación. Esto podría sonar como "algo malo", una posible fuente de esbozos imaginarios que no sean exactos. Sin embargo, se pueden omitir de este modo los pequeños daños y las grietas superficiales de los huesos; el brillo superficial del hueso también provoca a veces un resplandor en la fotografía, que se omite en el dibujo. Además, los detalles importantes se pueden resaltar en un dibujo, en cierta medida, por medio del sombreado.

El paleontólogo estudia los huesos de a uno por vez, para establecer su estructura exacta y su relación con los demás. Si el hueso se ha estropeado o deformado, se intenta restaurar la forma original. Para ello se puede utilizar arcilla, o la imaginación para representarlo en dos dimensiones en papel. Se hacen dibujos detallados de cada hueso, visto desde ángulos diferentes. Las representaciones habituales se realizan desde arriba y abajo (dorsal y ventral), desde la parte delantera y la trasera (anterior y posterior) y desde los lados (laterales). Estos dibujos presentan algunas características del dibujo técnico, ya que tienen que ser sumamente precisos en cuanto a trazados y orientación. Cuando se trata de huesos muy grandes, se suele hacer una ilustración a escala, a un tamaño más fácil de manipular.
Algunos rasgos de los dibujos son menos técnicos y apuntan al aspecto artístico e interpretativo. Se aplican sombras para indicar una forma tridimensional del hueso, bien por medio de puntos (que están más próximos entre sí en las partes más profundas del ejemplar), o bien por medio de líneas estrechas (sombreado). Además, se presentan con toda claridad los rasgos especiales, como los orificios de los vasos sanguíneos y las cicatrices de los músculos. El ejemplar completo recibe un nombre adecuado, con el fin de identificar cada una de sus partes y características.

A menudo se hacen series de fotografías en el curso del estudio de los huesos de los dinosaurios, que se pueden utilizar como base para realizar los dibujos, ya que brindan las proporciones adecuadas. En algunos casos, las descripciones científicas se acompañan con fotografías, pero por lo general se prefieren los dibujos, porque en ellos se puede agregar una cierta dosis de interpretación. Esto podría sonar como "algo malo", una posible fuente de esbozos imaginarios que no sean exactos. Sin embargo, se pueden omitir de este modo los pequeños daños y las grietas superficiales de los huesos; el brillo superficial del hueso también provoca a veces un resplandor en la fotografía, que se omite en el dibujo. Además, los detalles importantes se pueden resaltar en un dibujo, en cierta medida, por medio del sombreado.

Descripción e interpretación

 El paleontólogo prepara una descripción formal de todos los huesos de que dispone, y elabora esta parte del informe en una secuencia bastante normalizada. En general, describe primero el cráneo, a continuación la columna vertebral desde adelante hacia atrás, después de cintura torácica y las extremidades anteriores, la cintura pélvica y las extremidades posteriores y, por último, los elementos superficiales de menor importancia, como las costillas y las escamas. Dentro de esta estructura, también se formaliza la descripción del cráneo. El paleontólogo dirige su atención, en primer ligar, al hocico, avanza hacia atrás por la parte superior de la cabeza, por los laterales, por dentro sobre el paladar, en torno a los recovecos de la caja craneana, a lo largo de la mandíbula inferior, y por último en torno a los dientes. La descripción del cráneo de un dinosaurio bien conservado puede llegar a ocupar cincuenta páginas, o más, en un informe científico medio, porque abundan los detalles. Las partes descriptivas de relato llevan una clave que se corresponde con las ilustraciones que muestran las zonas descritas.
El informe pasa a continuación a los aspectos más interpretativos del descubrimiento. Aquí se pueden incluir capítulos relacionados con la mecánica de las mandíbulas y de las extremidades (en otras palabras, la forma de comer del animal, y de desplazarse). Existen diversas maneras de tratar estas cuestiones, que se asientan en el conocimiento que se obtiene de los animales vivos. Por ejemplo, si los detalles de los huesos fósiles están bien conservados, el paleontólogo está en condiciones de especular, con una cierta confianza, sobre la naturaleza de las articulaciones de la mandíbula y las extremidades. Sujetando y manipulando los huesos fósiles, puede establecer hasta qué punto se mueven entre sí, y en qué sentido. Después se puede reconstruir la compleja musculatura que acciona la mandíbula o la extremidad que se estudia. Los huesos presentan cicatrices musculares, que se comparan con las de los animales modernos, como los cocodrilos o las aves. Esto permite realizar suposiciones fundamentadas sobre la posición de los músculos, su tamaño y el sentido del movimiento. El experto tiene una cierta confianza en sus especulaciones, ya que todos los vertebrados vivos comparten muchos rasgos comunes de su musculatura, en virtud de sus antepasados comunes, y no existen motivos para suponer que los dinosaurios fueran tan diferentes.

Por último, el paleontólogo procura reunir toda esta información y deducir, por ejemplo, la fuerza y el sentido de los movimientos de las mandíbulas. Si a esto se añaden otras pruebas, como la forma de los dientes, su tipo de desgaste, y otras plantas y animales que aparecieron en el mismo lugar, el conjunto servirá para formular hipótesis acerca de la alimentación.

La forma de los huesos de las extremidades, los músculos que se postulan y las pruebas que se obtienen de las huellas fósiles permiten la elaboración de proposiciones detalladas sobre la forma de andar y correr del animal.

Cuando el paleontólogo ha procurado estudiar en detalle cada uno de los huesos e intentado interpretar las partes móviles, reúne toda la información en un análisis general del aspecto y la forma del animal. Es posible que cuente con el esqueleto montado del animal completo, dibujos detallados de todo el esqueleto en posiciones naturales, y las reconstrucciones de los músculos de la cabeza, el hocico, los ojos, las orejas, la piel de la garganta, los principales órganos internos y demás. A veces se transmite esta información al artista, que la utiliza para esculpir un modelo tridimensional del animal, como fue en vida, o para realizar una ilustración en color. Estos ejercicios contienen un objeto científico, además de uno educativo (estas reconstrucciones se utilizan en libros como este, y en exposiciones de los museos).

La finalidad de este aspecto del trabajo del paleontólogo está en descubrir tanto como sea posible acerca de la vida y el aspecto del animal. Esta información se puede utilizar entonces para reconstruir la biología de la especie y para recrear el ambiente en que vivía.

El nombre de un dinosaurio

El segundo camino interpretativo que sigue el paleontólogo consiste en interpretar la posición evolutiva del dinosaurio. ¿Es idéntico a algún dinosaurio ya descrito, o es nuevo? Si es nuevo, hay que bautizarlo como un nombre que conste de dos partes: un nombre genérico, por ejemplo Tyrannosaurus o Baryonyx, y un nombre específico, como Tyrannosaurus rex o Baryonyx walkeri. El primero significa "rey de los reptiles tiranos"; el segundo, "garra pesada (en honor de) Walker". El nombre debe transmitir información relevante sobre el animal (su tamaño, apariencia terrible, o garras inmensas) y el nombre específico nos dice quién lo ha encontrado. Baryonyx fue hallado por un coleccionista de fósiles aficionado, William Walker, y su denominación es un homenaje con el que el mundo de los paleontólogos expresa su agradecimiento al descubridor.
Dar nombre al animal no es tan importante, desde luego, aunque tiene que tenerlo por razones obvias. El nombre exacto se escoge según el capricho del descriptor, y se puede utilizar cualquier otra palabra, siempre que sea nueva y no resulte ofensiva. Es mucho más importante tratar de comprender las relaciones del nuevo dinosaurio. ¿Con qué se relaciona y en qué medida? ¿Es una especie nueva de un género conocido, como Tyrannosaurus (que ya es famoso), o se trata de un género nuevo, como Baryonyx, que guarda una relación más distante con las formas conocidas? De hecho, hasta ahora ha resultado difícil incluso decidir a qué familia pertenece el Baryonyx, si a la de los dromeosáuridos, ornitomímidos o los espinosáuridos. Es algo así como ser incapaces de decidir si un animal peludo procedente de lo recóndito de las junglas de Borneo es un perro, un gato o un oso.
Cuando se trata de comprender las relaciones de un dinosaurio nuevo, el paleontólogo quiere ver dónde encaja, dentro del esquema evolutivo. ¿Pertenecía a un grupo que evolucionaba con rapidez en esa época? ¿Fue el primer tiranosaurio o el primer brontosaurio que apareció sobre la tierra? ¿Podría ser tal vez el último de su grupo? Las tablas a gran escala de la evolución de los dinosaurios se construyen a partir de cientos de pequeñas interpretaciones sobre la posición evolutiva de cada especie.

La publicación

 La parte final del trabajo del paleontólogo (al menos durante algún tiempo) consiste en preparar la descripción, los dibujos y las interpretaciones del dinosaurio como un manuscrito, para ser publicado en algún periódico científico. Este es un ejercicio fundamental, por dos motivos. En primer lugar, otros dos o tres expertos en el tema escudriñarán el trabajo con todo cuidado, y determinarán su calidad y si resulta adecuado para publicar. Estos árbitros científicos, como se les denomina, a veces hacen una variedad de sugerencias para mejorar el manuscrito, que van desde errores fundamentales de interpretación u omisión, hasta cambios de ortografía y puntuación. El segundo motivo importante para publicar la descripción es, simplemente, registrarla, ponerla a disposición de los científicos de todo el mundo. No cabe duda de que las descripciones de los dinosaurios que se hicieron hace más de un siglo se siguen utilizando constantemente en la actualidad, porque resumen la información que se necesita en los estudios modernos sobre dinosaurios, y suelen hacerlo bastante bien.

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